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Ejercicios Motivación

El jugador que ha dejado de intentarlo: cómo se detecta y qué se hace

No se va del equipo, va a todos los entrenamientos y ha dejado de estar. Las señales que lo delatan y una conversación que sí funciona.

Publicado
16 Ago 2026
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4 min
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No falta a ningún entrenamiento. Hace los ejercicios. No protesta. Y sin embargo hace tres semanas que no corre un balón dividido, que no pide el balón en ataque y que en los descansos se queda mirando el móvil.

No se ha ido: ha dejado de intentarlo. Y es más difícil de manejar que el conflicto abierto, porque no hay nada que señalar.

Las señales, por orden de aparición

Casi siempre llegan en este orden, y reconocerlas pronto es la mitad del trabajo:

  1. Deja de pedir el balón. La primera y la que menos se nota, porque el equipo sigue funcionando.
  2. Deja de correr lo que no se ve. El rebote largo, el balón que se va fuera, la ayuda que probablemente no llegue a tiempo. Todo lo que solo se hace por convicción.
  3. Se coloca en el sitio de menos exposición. El último de la fila en los ejercicios, el fondo del grupo en las charlas.
  4. Deja de celebrar lo de los demás. Esta es la que más avisa, y la que casi nadie mira.
  5. Empieza a llegar justo de tiempo. No tarde: justo. Ya no viene antes a tirar.

Si van tres o más, no es una mala semana.

Los tres motivos, y no suelen ser el que parece

Ha entendido que no va a jugar. El más frecuente con diferencia. No se lo has dicho, pero lo ha calculado con los minutos de los últimos partidos, que es un cálculo que hacen todos y bastante bien.

Le está pasando algo fuera. Casa, clase, un grupo de amigos. El baloncesto es lo primero que se suelta cuando lo demás pesa.

Ha dejado de entender qué se espera de él. Le pediste una cosa en octubre y otra en diciembre, o le corriges por hacer justo lo que le dijiste. Cuando un jugador no sabe qué es hacerlo bien, deja de intentarlo: es la salida racional.

El error de diagnóstico habitual es dar por hecho el primero cuando es el tercero. Y el tercero es culpa nuestra, lo cual explica por qué se nos ocurre menos.

La conversación

Cuándo y dónde importa casi tanto como el contenido. Nunca después de un partido malo, nunca delante de nadie y nunca en los cinco minutos previos al entrenamiento. Lo mejor es al terminar, con el pabellón vaciándose, de pie, cinco minutos.

Cómo abrirla, que es lo que más cuesta:

No preguntes qué le pasa. «¿Te pasa algo?» se responde con «no» en el noventa por ciento de los casos y cierra la conversación en diez segundos.

Describe lo que ves, sin juzgarlo. «Llevo tres semanas viendo que no pides el balón. Antes lo pedías.» Es un hecho, no una acusación, y obliga a responder algo más que un monosílabo.

Y después, calla. El silencio incómodo hace más que cualquier pregunta. Aguántalo aunque dure diez segundos, que se hacen largos.

Qué hacer con lo que te diga

Si es que no va a jugar: dile la verdad, con números y con un camino. «Ahora mismo eres el noveno en la rotación. Para entrar en los ocho necesito que defiendas el bloqueo directo sin que tengamos que ayudar. Vamos a trabajarlo los martes.» La verdad con camino se aguanta; la ambigüedad, no.

Si es que le pasa algo fuera: tu trabajo no es resolverlo. Es que sepa que puede seguir viniendo sin rendir al máximo durante unas semanas y que no le va a costar el sitio. Muchas veces eso es exactamente lo que necesitaba oír.

Si es que no sabe qué se espera de él: es el más fácil de arreglar y el que más resultado da. Una tarea concreta, una sola, y decírsela otra vez el martes siguiente en la pista y delante del ejercicio.

Lo que no funciona, aunque lo parezca

Sentarlo para que reaccione. A un jugador desmotivado, quitarle minutos le confirma lo que ya piensa. Funciona con el que está sobrado, no con este.

Hablarlo en grupo. «Aquí hay gente que no está.» Todos saben de quién hablas, y lo único que consigues es humillarlo delante de los demás sin nombrarlo.

Esperar a que se le pase. A veces se le pasa. Casi siempre acaba en una baja en Navidad.

Para esta semana

  1. Repasa la lista de señales con tu plantilla en la cabeza, jugador por jugador. Salen uno o dos que no esperabas.
  2. Elige uno y busca cinco minutos al final de un entrenamiento.
  3. Abre describiendo lo que ves, no preguntando qué le pasa. Y aguanta el silencio.
  4. Sal de ahí con una tarea concreta acordada, aunque sea pequeña. Y acuérdate de ella el martes: si tú te olvidas, se acabó lo que se ganó.